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AMLO ya ha dejado claro que nunca lo veremos en un Ferrari. Por si alguien estaba con el pendiente, el presidente ha vuelto a demostrar su catadura moral a prueba de las tentaciones del mundo capitalista. “No me gustaría subirme a un Ferrari, ni siquiera ir de acompañante. No me gustaría ir a un hotel de gran lujo, o sea, porque no me produce felicidad, al contrario, me produce remordimiento de conciencia”, dijo durante su conferencia diaria.

Fiel a su estilo contradictorio, en esta ocasión el presidente se puso el pie en la misma declaración. Como para quedar bien con todos y causar las menores molestias posibles, aclaró que no está en contra del dinero ni la ostentación siempre y cuando la fortuna en turno sea bien habida. “No estoy en contra de quien tiene un Ferrari, de quien tiene mansiones con esfuerzo y con trabajo. Estoy en contra de la riqueza mal habida, estoy en contra de la corrupción”, fue su paradójica conclusión.

En su sentencia inicial estaban incluidos todos los prejuicios conocidos del presidente: el que tiene dinero es malo, corrupto, inmoral. Por eso él, un manejo de bondad y virtuosismo, jamás osará ni siquiera ser copiloto del auto más famoso del mundo. En su universo ideológico, no solo son malvados los que tienen un Ferrari sino también todos lo que sueñan o aspiran a tener uno algún día: si hasta estudiar en el extranjero es sinónimo de perversidad para él.

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